Vidas, vidas
que se atraen y terminan chocando,
se fusionan
como la brisa del mar y el calor del sol,
se
encuentran, se encienden al cielo, a lo profundo,
al centro
único de una existencia que les sonríe,
que sabe
desde un comienzo de ese destino
perseverante
e inevitable
de saberse
juntas y plenas
caminando,
avanzando
hasta lo
desconocido: oportuno, mágico, naranja,
mezcla los
ojos de uno con la mirada del otro
en un
atardecer que los guía
hacia lo
único y verdadero,
el camino de
la plenitud inevitable
del
agradecimiento continuo y sonrisa de flores.
Vidas, vidas
que se miran, se sonríen, se acarician,
Miradas,
sonrisas, caricias que son anhelo y esperanza
de sábados de
vino tinto,
de domingos
de sábanas tibias,
de mañanas de
otoños,
de primaveras,
de amores y de
palabras que envuelven, rejuvenecen
en un eterno
andar de tu mano con la mía,
de vos,
de vos acurrucándote
contra mi pecho,
mi voz,
mi voz soltándote
la frase que te agradezco
en el beso que
nos lleva a sentirnos uno,
o dos quizás,
pero uno al
fin.
pic by Sebastián Scott

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